Acto surrealista: un aleman a la corte del Rey David

por Martin Schneider

 

Al principio, creó Dios la Surrealidad

 

 

Martin SchneiderCuando recibí la invitación de participar a una presentación sobre el surrealismo judío y en concreto sobre Victor Brauner y Baruch Elron, me entusiasmé. Me considero un amante y un conocedor de la obra de Baruch Elron; Brauner es una referencia en el mundo del arte universal y el evento, sobre el que no sabía nada más, me parecía que tenía todas las premisas para ser muy interesante. Sabía que vendrían invitados desde España, el país del surrealismo daliniano y tenía la certeza de que iba a ser una noche maravillosa. Lo que no me esperaba era entrar en un mundo realmente surrealista y participar, en vivo, en un acto surrealista.

Lo que parecía un evento cultural realizado en la sala de conferencias de un hotel central de Berlín, se convirtió en una explosión de colores, sonido y sabor. Después, al acceder al pasillo que llevaba a la sala, las cosas dieron un giro inesperado. Se podía oír una música bastante alta, una armonía de sonidos orientales y lengua inglesa, pasando por hebreo y ritmos modernos. Me acerqué tímido y confuso.

“Bereshit” susurra alguien cerca de mí, para después continuar en inglés. “¿Le gusta?” Así, cogido por sorpresa, no tengo tiempo de entender nada y me explica: “la música, se llama Bereshit, es una canción de Ofra Haza. Es decir Génesis. Si lo prefiere, podemos bajarla, hasta el comienzo de la tertulia”. De repente, las ideas se electrocutan en conexiones dentro de mi cabeza. Claro que conozco la música de Ofra Haza, me gusta también Esther Ofarim, hasta Dana International…pero no esperaba encontrarla aquí. Casi invariablemente, estos eventos culturales son, tenemos que reconocerlo, bastante parecidos, y nunca había participado en algo tan extraño. La sala está hundida en semi-oscuridad, la música se repite hipnóticamente, en una pantalla de plasma casi húmeda circulan continuamente las conocidas pinturas de Brauner y Elron. Colores, mujeres con alas, mesas-animales, pájaros se agitan ruidosamente, el agua borbollea alegremente. En todas las partes, la Vida late, colorida, jugosa y sonora.

“In the beginning God created the heaven and the earth, and the light and the dark

Black and white, male and female, for life and love, for life and love…”

“Comenzamos en 10 minutos” anunció sonriendo, la organizadora del evento, Eva Defeses. Tengo el sentimiento claro de haber entrado en otro mundo, uno sobre-real, puesto encima del espacio que nos rodeaba. Mi interlocutora parece ella misma una aparición surrealista, con el pelo demasiado rojo y los ojos demasiado negros. Si no fuera por el bronce resplandeciente de su tez, tan en contraste con la blancura de los demás, que la hace más real, pensaría que estaba en frente de la Fata Morgana, o que había entrado, no en la sala de conferencias de un hotel ultramoderno, sino directamente en el Palacio de Rey David.

La tertulia comienza con la proyección de dos videos que recogen las más importantes obras de los ambos pintores. Victor Brauner y Baruch Elron comparten, tal como íbamos a descubrir esa noche, más que el origen judío y el lugar de nacimiento (Rumania). Un buen punto de partida nos fue facilitado por la elección de las obras presentes en el cartel del evento, dos autorretratos, en los que el tema del ojo es central. Ambos hablan sin embargo de otra cosa, de aquel estado de clarividencia, de intuición artística tan amada por los surrealistas, una clarividencia que, en el caso de Brauner, ha quedado demostrada, como todos sabemos. El autorretrato de Elron tiene un par de ojos y se titula “La Visión del artista”.

Me gustaría exponer aquí, en pocas líneas, algunas de las ideas de la presentación que hice y que se intitulaba: “La clarividencia judía, de los profetas a los artistas”. Para mejor entender las obras de estos dos pintores, suspensas entre sueño y realidad, entre profecía y coincidencia, hay que volver al pasado, al principio…

Bereshit…

Siempre ha existido una fuerte conexión entre los sueños y el pueblo judío, el único que construyó toda su sociedad e historia a través del diálogo con Dios, un diálogo intermediado por los profetas, mediante los sueños. Saber interpretar los sueños ha sido, como lo vemos muchas veces en el Antiguo Testamento, de una importancia fundamental y la prueba de una relación directa entre el hombre y la divinidad. Más tarde, después de la gloriosa época de los profetas, esta conexión invisible ha sobrevivido gracias a los sabios, los escritores, artistas, músicos. De esta manera, llegamos hasta los días de hoy, admirando las obras de estos dos grandes creadores judíos, que tienen como base común la imaginación y la intuición artística.

Había recibido, traducido, el articulo del Sr. Héctor Martínez Sanz “La madriguera de Elron” (de donde sospecho que aún no ha salido) y me conmovió la verdad de las frases finales: “Para aquéllos que no ven arte en este mundo, para los que creen que lo mágico sobra –y no soy de ellos- sin ver que lo mágico es, precisamente, lo que nos trae la realidad, pueden deleitarse en una serie de obras de pura naturaleza en movimiento, de paisajes impresionistas, donde los pájaros tijera vuelven a ser aves, gorriones o jilgueros, donde los árboles están de nuevo plantados en la tierra y las flores crecen en los eriales. Al menos comprobarán la maestría de Baruch Elron en su faceta más realista y tendrán que sucumbir ante el pintor que viaja de un lado al otro, de Fantasía a la Realidad, y de la Realidad a Fantasía, el pintor que tiene casa en cada orilla del río de la vida.”

Las palabras claves de este párrafo son Fantasía y Realidad pero falta el vehículo mediante el cual el artista consigue hacer este viaje. El vehículo de los surrealistas se llama intuición. Antes de los artistas, se llamaba don profético. En los tiempos modernos, comenzaron a llamarlo clarividencia. Muchos, especialmente de los “que no ven arte en este mundo, para los que creen que lo mágico sobra”, lo llaman “coincidencia”.

Afortunadamente, los otros invitados padecían de la misma quijotesca locura que yo y utilizaron todos los medios que la crítica de arte nos pone a disposición para atravesar las corrientes, hacer conexiones entre artistas de diferentes generaciones, extraer la esencia común de cosas aparentemente diferentes. Esta magia de la que hablaba el Sr. Héctor Martínez Sanz se llama arte y ofrece al ser humano la posibilidad no sólo de acercarse a lo divino sino de convertirse el mismo en divino. ¡Mirad el mundo de Elron! Tiene su propia sociedad, sus propios habitantes, dispone de coches y otras maquinas, de mariposas, tiene ritmo y sabor, sonido y ondulaciones de seda. En su mundo, el artista es Dios y lo puede crear y recrear cuantas veces le apetezca. Partiendo de aquí, llegamos, de nuevo, al debate sobre el arte y su supervivencia, muerte y regeneración. El vehículo puede ser cambiado, el pincel puede dar lugar a otros instrumentos, pero lo esencial que queda es el soplo mágico que está a la base de cualquier acto artístico, la intuición. El artista se transforma y se regenera, pero el impulso creador siempre quedará. Tal y como subrayaba Alexander Schmidt, el arte es un organismo vivo, en continuo proceso de regeneración.

Otro punto que quise profundizar es la extraordinaria recepción de la obra de Elron en Alemania. Más que en cualquier otro país de Europa, Elron es conocido y admirado en Alemania y esto sólo puede llenarme de orgullo y satisfacción. Aquí tuvo las exposiciones más importantes, en casi todas las grandes ciudades, en museos y galerías de prestigio. Alemania abrió, estupefacta, sus puertas y se dejó conquistar por el mundo fantástico imaginado por Elron. Sólo puedo esperar que España también haga lo mismo y saludo la iniciativa del Sr. Héctor Martínez Sanz de escribir un libro que presente al público español otro tipo de surrealismo, fantástico, mágico e intuitivo, el de Baruch Elron. Me enteré, sorprendido, de que Baruch Elron tenía raíces familiares en España y de nuevo pienso en la diferencia (o semejanza) entre intuiciones y coincidencias. Sin embargo, durante su vida, el pintor israelí no tuvo ninguna exposición ni presentación en España. Aún más, la iniciativa del Sr. Héctor Martínez Sanz es laudable.

Igualmente atractiva me ha parecido esta iniciativa de la Revista Niram Art Israel, de empezar en Alemania la primera fase del amplio proyecto de traer la obra de Elron al conocimiento del público español, mediante el público alemán, que ya la conoce y la aprecia desde hace muchos años. Desde Alemania hacia España, desde Berlín hacia Madrid, desde Israel hacia el mundo entero.

Al final del evento, fuimos invitados a hojear algunos libros de la Editorial Niram Art y me detengo en uno en cuya portada reconozco uno de mis cuadros preferidos de Baruch Elron. Leo en el folleto del evento, agradablemente sorprendido, que uno de los primeros éxitos obtenidos por el joven Elron, al principio de su carrera, tuvo lugar aquí, en Alemania, y fue el Premio para Ilustración de Libro en un concurso en Dresden. Todo se vuelve aún más surrealista, porque ya no soy capaz de diferenciar entre el año 1960 y 2011, entre Dresden y Berlin, entre Brauner y Elron.

Bereshit

Saboreo el vino tinto que nos sirven mientras que la voz de Ofra Haza reconquista la atmosfera y vuela fuera de la sala, lejos, por la noche de Berlín, hacia la Tierra Sagrada. Las luces se rebajan y, obsesivamente, se proyecta en la pantalla el mundo creado por los dos artistas. El ojo corre y su humor me moja las manos. ¿O será la sangre que gotea de mi cabeza cortada? Encojo los hombros…estoy, de nuevo, en una jaima de los antiguos israelíes, en el desierto.

Al principio, creó Dios la Surrealidad. Después, para el entendimiento de todos, creó la Realidad. Sin embargo, aún existen algunos, de los primeros, que no necesitan de explicaciones.

 

Berlín, 30 de julio del 2011

Traducción al español por N.C.

 


Martin Schneider (n.1971, Berlín) es curador de exposiciones de arte y organizador de talleres artísticos para jóvenes. Licenciado en Filología, con  estudios de Máster en la Historia de la Religiones, es profesor de literatura comparada, en Berlín.

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