Las travesuras de Baruch Elron

por Diego Vadillo López

Baruch Elron se me antoja un espíritu jovial y juguetón. Estamos ante un niño-hombre-pintor cuyos personajes son caricaturas bien parecidas, de rasgos finos y elegantes. Muchas de sus pinturas son églogas marcianas; otras, greguerías propiamente dichas. También se ejercita en lo metapictórico.

Difumina Elron la frontera entre realidades, en principio, inconexas; somete las dignidades de la beldad a los más comprometidos y chuscos azares, mas todo con suma elegancia. Gestiona lo grotesco con aristocrática destreza. Lo sublime queda rebajado hasta conectar con lo ameno, de ahí que resulte siempre grata la contemplación de sus obras.

Muchas de las instantáneas  propiciadas con las cerdas de socarronería de su pincel transitan entre la cosificación (cosificación de personas/ personificación de objetos, animales…) y el fetichismo; entre la sinécdoque y la polisemia. Y es que emplea toda una retórica que es implantada en el lienzo por obra de su genio; el factor traslaticio lo posibilita el talento imaginativo-plástico.

Si da cabida a la fealdad, es a una fealdad con eximentes, con múltiples eximentes. Baruch Elron es un ironista, no hay sarcasmo en sus pinturas; todo lo más, eso: finas ironías espolvoreadas de magia surreal. La ironía es un sarcasmo con disnea primaveral  y eso es lo que tiene, en términos generales, la pintura de Baruch Elron: una disnea primaveral, irreversible y genial.

Hay pintores con palabras y escritores pictóricos (como el alicantino Gabriel Miró, por poner un ejemplo). Baruch Elron es un Bosco un punto más granuja que El Bosco; un Greco polícromo que pareciera haber untado crema reafirmante a sus personajes, salvándolos de la languidez manierista de los del autor de El entierro del conde de Orgaz.

Es la de Elron una pintura que quiere tender a lo naïf, pero que no puede llegar a serlo por lastrarla, sin remisión, el poso simbólico-alegórico-intelectual.

Las escenas de Elron son albóndigas de trazo y color, magistralmente dispuestos, en las que confluyen lo animal, lo vegetal y lo mineral. Elabora seres nuevos a través de la reelaboración integradora de elementos procedentes de los distintos dominios de la existencia. Por último, les da vida inteligente, pareciendo dichos seres, procedentes de su imaginación, producto del ayuntamiento que hubiera tenido lugar entre los personajes alumbrados, a su vez, por Henry Rousseau y los del Greco.

Elron es Dalí en algo más rudo; es un juego repleto de llaves que quedan ofertadas a aquel que quiera abrir cualquiera de las cerraduras de la sugestión, que se brindan en sus cuadros, para desentrañar los mensajes luengos y a priori excitantes de sus paisajes pictóricos (que seguro tienen mucho que ver con los espirituales).

Diego Vadillo López, madrileño de nacimiento, es profesor de Lengua Castellana y Literatura, politólogo, autor de otras dos novelas con los títulos Voz arrojada al vacío (2005) y Utopía y Astigmatismo (2007), además de destacar más recientemente en la faceta poética con el poemario Burladeros de Hojaldre (2010) y ser autor de varios artículos y crónicas en diversas publicaciones especializadas.

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