EN LA MADRIGUERA DE ELRON

por Héctor Martínez Sanz

Mi primer libro surrealista fue “Alicia en el país de las maravillas”. Mi primer pintor surrealista, Salvador Dalí. Mi segundo libro, “La historia interminable”. Mi segundo pintor, Onik Sahakian. Mi tercer libro, “La Odisea”. El tercer pintor, Baruch Elron. Quizás suene a simpleza, pero personajes como el sombrero loco donado por Carroll para la humanidad son, a mi juicio, tan únicos como fundamentales para entender ese mundo por el que, a veces, se pierden los artistas y escritores. Digo mundo y digo mal. Debería decir mundos, porque cada uno crea el suyo, con sus seres, sus escenarios, sus leyes. Es probable que todos ellos se recojan en uno solo, Fantasía, el que nos legó Ende, donde todo mundo es posible desde la voluntad.

Héctor Martínez Sanz

Héctor Martínez Sanz (Madrid, 1979) es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y Diplomado en Literatura por la Sociedad Cervantina de Madrid. Se dedica a la ensañanza en las áreas de Filosofía, Lengua y Literatura. En 2006 participó en la colectiva de poesía “Con versos, fragmentos de una antología futura” (Ed. Antígona) y publicó su primera obra ensayística “Comentarios a Unamuno y a aquéllos que quisieron ser como dioses” (Ed. Antígona). Tras tres años colaborando con diferentes publicaciones y revistas como A Parte Rei, Libreconfiguración o Niram Art, en 2009 es nombrado director de la Revista de Arte y Ensayo Madrid en Marco y publica, en 2010, su segunda obra ensayística “Pentágono” (Ed. Niram Art) galardonada con el Premio Amicus Romaniae’10 del ICR de Madrid. Poco después, recibe el Premio Niram Art “Manuscrito Mihai Eminescu” convocado  para la II Edición de los Premios Niram Art, por su novela “Mihai y Verónica”. En ese mismo año, el Movimento de Arte Contemporâneo de Lisboa le premia en la XVI Edición de los Premios MAC, galardonándole con el MAC’10 a la crítica y divulgación cultural por su trabajo en la Revista de Arte y Ensayo Madrid en Marco.

Entrar en el mundo creado por Baruch Elron es recibir un soplo de frescor artístico, un aliento de vida y una sensación de libertad. Su universo, gobernado por una naturaleza femenina y sensual, materna y hermosa, marcha de maravilla en maravilla. No soy, sin duda, Alicia, y, sin embargo, al contemplar estas obras creo entender lo que ella sintió cuando se coló, intrusa involuntaria y curiosa, en la madriguera del tardón conejo de chaleco y chaqueta, frenético, con un reloj de bolsillo. Seguiría sin dudarlo a un espécimen como ése, si me lo encontrara. Y, de hecho, lo encontré, lo seguí y llegué a Baruch Elron. También había allí un sombrerero loco polemizando la cuestión del tiempo y olisqueando bocabajo flores marchitas. Extraños seres se asomaban por cualquier esquina, desde tijeras voladoras a mujeres cisne, desde ojos aguileños hasta velas humanas que consumen su tiempo derritiendo la cera de sus cuerpos hasta apagarse, más tarde o más temprano. Por entre los árboles de un parque cabalga un extraño Don Quijote y un, todavía más extraño Sancho Panza. Extrañamente jóvenes, de rasgos muy poco españoles, llevando por lanza una horca de campesino, custodiado por el sempiterno molino con el sello de la reina de corazones sobre su puerta y sobre la montura. Medio criaturas que se pierden en sus sombras, que se disuelven en sus partes dejando tan sólo unas botas, promiscuos cisnes tentados, que rayan en lo “poéticamente” correcto, violoncelos y trompetas antropomórficas, completamente autónomos.

Baruch Elron: Antiguedad

Baruch Elron: Antiguedad

Hay quien piensa que estos universos no son reales, no existen, o nada tienen que ver con ese otro mundo de lo cotidiano. Sin embargo, lo que Baruch Elron muestra es que, en contraste, hay mucho más sombrero loco entre nosotros que allá, en Fantasía. La herencia simbolista es palpable en su pintura, extrayendo líricamente los secretos que, más que ocultos, no queremos observar, los misterios que, más que de allí, son de aquí. Alegóricamente, en metáforas sucesivas, va acercándonos a aquello que Moréas llamaba idées primordiales del espíritu. Cabe subrayar, en cambio, que Baruch Elron no se encierra en el hermetismo de los franceses. Antes bien, salta hacia lo onírico, hacia la libre asociación de elementos donde se configura un espacio de significado, una intencionalidad surgida en fogonazos que llaman la atención, para su interpretación, del inconsciente interpretativo y no de la consciencia ciega con que vivimos el día a día.

Baruch Elron - El nido de la palabra

Baruch Elron - El nido de la palabra

En el día a día, creemos, desacertados, que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta. Pero, ¿cuántas veces no hemos necesitado las trazas de una curva, una circunvalación, un rodeo? La pintura de Baruch Elron nos toma de la mano y nos arrastra de paseo fuera de eso que llamamos “realidad” para, precisamente, desembarcar en la realidad –sin entrecomillar- que jamás hemos nombrado y que siempre fue nuestra estación de destino. De lo “real” a lo maravilloso, siendo lo último las lentes con que descubrimos lo real. En Hispanoamérica lo rotularon con el título de lo real-maravilloso, del Realismo Mágico.

Como ocurre en la magia que más nos cautiva, lo fundamental son las manos. Es éste, justamente, uno de los motivos principales. Las manos que tocan y sienten, que acarician y agarran, que modelan la materia, que escriben, cincelan y pintan, son nuestras alas, símbolo de la voluntad creativa. Esto lo enseño a mis alumnos cuando tratamos, en la clase de filosofía, del proceso de antropogénesis y el desarrollo evolutivo del hombre: el galardón de la bipedestación, de sostenernos sobre dos pies, fue liberar nuestras manos para crear. Baruch Elron ofrece un auténtico tributo al valor de las manos, llegando incluso al efecto metonímico de tomar la parte por el todo y sustituir las figuras por las extremidades, ya sea emergiendo en lugar de la cabeza, ya sean las manos el único referente humano que aparece ante nosotros. Tantas veces que se nos ha dicho que los ojos son el espejo del alma, y aquí nos damos cuenta que son las manos las que mejor la expresan y no sólo la reflejan. Son ellas las que componen, interpretan y sostienen los instrumentos musicales en un concierto sin fin de cuerda y viento dedicado a la naturaleza.

Una naturaleza que florece, se expande en la pintura con formas femeninas de notable sensualidad, con floridos centros dentro y fuera del ser humano, mujer de espuma de mar, cabellos en flor donde liban las mariposas, sirenas con arpa bajo el agua. La serie de “Cuatro estaciones”, brillantez exótica y erótica, narra también las etapas de la vida: la tatuada primavera, exuberante, portadora de vida; el caliente verano vestido únicamente del azul marino pavoneándose con la manzana mordida y oculta en su mano; el otoño que ya va cubriendo su cuerpo ; el invierno, blanca y anciana, fría y candorosa, con el pintor autorretratado a sus pies. La naturaleza crece pero no pierde belleza en los pinceles de Baruch Elron. Junto a ellas, el demoniaco pintor que las retrata y relojes con su imparable labor, excepto en verano, donde todo queda instantáneamente detenido.

Hablamos de un pintor judío, en el que el texto sagrado y la hermosa tierra de Israel no podían quedar al margen de toda su mitología. Moisés descendiendo del Sinaí en motocicleta y con auriculares o con una bandolera, para encontrar a los adoradores de áureos becerros –dinero- entretenidos en el desierto con sus quads. El tiempo pasa, los tiempos cambian, las Tablas no, no pueden hacerlo, porque son eternas, son divinas, son para todo tiempo, son para el fin de los tiempos. Moisés, su guardián, también. En otras ocasiones, es el diluvio, con autorretrato en primer plano, ante el que permanecemos indiferentes, ocupados en el amor bajo un paraguas mientras todo perece. Adán y Eva cubiertas sus partes por billetes. Vemos a la Torre de Babel caminando con distintas piernas que, probablemente, no saben dónde van. No serán esta vez las lenguas lo que le pierda. Jonás transformado en un submarinista varado en la orilla mientras la famosa ballena se marcha. Y por fin, Israel, en sus calles, plazas y rincones, vistos al través de sus viejas ventanas de cristales rotos.

Para aquéllos que no ven arte en este mundo, para los que creen que lo mágico sobra –y no soy de ellos- sin ver que lo mágico es, precisamente, lo que nos trae la realidad, pueden deleitarse en una serie de obras de pura naturaleza en movimiento, de paisajes impresionistas, donde los pájaros tijera vuelven a ser aves, gorriones o jilgueros, donde los árboles están de nuevo plantados en la tierra y las flores crecen en los eriales. Al menos comprobarán la maestría de Baruch Elron en su faceta más realista y tendrán que sucumbir ante el pintor que viaja de un lado al otro, de Fantasía a la Realidad, y de la Realidad a Fantasía, el pintor que tiene casa en cada orilla del río de la vida.

Baruch Elron (1934 – 2006) es un pintor israelí, nacido en Bucarest, Rumanía, donde estudió pintura en la Academia de Bellas Artes. En 1963, emigró a Israel. Tuvo muchas exposiciones individuales en Israel y en Francia, E.U.A,  Alemania, Bélgica etc. Sus pinturas se encuentran en museos de Boston, Nueva York, Toronto, Solingen y Herzliya. Fue Presidente de la Asociación de los artistas israelís. Es ganador de varios premios internacionales de pintura.

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